
Rápida pero cautelosamente comenzó a bordear la casa por el lateral más cercano. ¡Como podía haber sido tan estúpido! No sólo había conseguido regresar de su viaje al otro lado ¡Había traído polizones consigo!
Las órdenes que recibió en la academia militar eran tajantes al respecto, estaba terminantemente prohibido iniciar un regreso si existía la más mínima posibilidad de que algo o alguien contaminara tu viaje de retorno. Sin embargo su atropellada huída le había hecho comportarse como un novato y olvidar las precauciones más básicas.
Su equipo comenzó a recibir señales del entorno, pero a pesar de la intensa sensación de peligro que percibía nítidamente sus detectores de presencia permanecían en silencio.
Entonces alcanzó la parte posterior de su casa y lo que vio le dejó aterrado. Un DIHA de casi cuatro metros, las bestias de choque del ejército enemigo, comenzaba a ponerse en pie, todavía confundido por el viaje de retorno. Tenía que ponerse a cubierto de su tremendo sentido del olfato ¿pero donde? De repente alguien le atenazó el brazo y le susurró “Espera”.
- Ni te muevas – dijo ella.
No podía. Ahora sí que estaba indefenso. Sólo le quedaba el oído, y con el podía escuchar perfectamente como el Diha olisqueaba a su alrededor. Muy cerca. También podía sentir como la presión de la mano que le aferraba el brazo se hacía más fuerte a medida que la bestia se acercaba. Pero quien quiera que fuese que estaba a su lado tampoco se movía.
A medida que recuperaba la vista, podía vislumbrar una enorme sombra girando en torno a ellos. Hasta que, después de unos instantes que se le hicieron eternos, la sombra salió de su limitado campo visual y la presión del brazo desapareció.
- ¿Puedes ver?
- Apenas
- Tendrá que ser suficiente. Los Dihas nunca van solos. Su jinete debe andar cerca. Tenemos que salir de aquí
Le tendió la mano. Una mano pequeña pero firme. Y hubiese jurado que sonreía al hacerlo, pero no tuvo tiempo de cerciorarse porque de un tirón le arrastró a la carrera.
- ¿A quién tengo que agradecer el rescate? – dijo sin dejar de correr.
- Llámame Nueve. Y… ¿A quién he recatado yo? – su voz no temblaba. Estaba acostumbrada a correr
- Sargento Erwin Sanders, de la unidad de saltos espacio-temporales.
Entonces Nueve se detuvo en seco, casi haciéndole perder el equilibrio.- ¿La USET? ¿Qué interés tiene la USET aquí, si hace 150 años que perdimos la guerra?























